domingo, 29 de noviembre de 2015

DE LUCES Y DE SOMBRAS

En una temblorosa malla
de luces centelleantes
—reflejadas por los espejos de las sombras—
se tamizaba el trigo del verano.
Allí crepitaba la lumbre
que encendía tus ojos
y tu avidez por explorar
los mundos que mi piel confinaba
en el claustro de sus pliegues.

Pasados los años,
aún relumbran fulgores,
todavía un sol nos navega por venas y arterias,
abriendo los surcos de un placer
que desgarra la noche en sus mansas bóvedas.

Todavía esas luces se buscan
y entregan el anillo fogoso de un eclipse,
como dádiva que el amor consagra
en memoria de la juventud.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: “Forest beauty” (“Hermosa foresta”), 2010, Scott Burdick

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domingo, 22 de noviembre de 2015

AYER FUE AMOR

Ayer fue amor,
ímpetu volcánico,
besos enredando las nubes 
con la estela dulce de las madreselvas,
abrazos como nudos gordianos;
hoy, la languidez de un silencio gris
enfriando la luz.

Cuánto madrugó esa tibieza
que convirtió en fugaz 
la llamarada, amortajando con cenizas
el plumaje de nuestras alas.

¿Qué hacer 
para retener en nuestras bocas
el aire de los pulmones del otro?,
¿cómo ensogarnos a su mástil 
para sortear el oleaje
que nos empuja hacia la lontananza?

¿Qué hacer 
para conseguir
la mirada del otro, 
la sonrisa del otro,
la palabra del otro?

El amor hiere más que las balas,
horada el corazón
y luego escupe los despojos.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "La Dama de Shalott" (1888), John William Waterhouse, Tate Britain, Londres

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lunes, 26 de octubre de 2015

TE BUSCABA

Te buscaba
en la larga sombra del ciprés
que escuda de la fiereza del verano
y en el arrullo de paloma
del mar calmo que lame la arena
con su lengua de cristal.

Te buscaba
y extravié mis pasos por caminos
de retorcida espina,
y vadeé ríos y escalé montañas
hasta que la noche me cubrió con su capa
de paño áspero,
y mis pies sangraron su desaliento.

Me hallaba perdida en el eco sordo
de mi confusión
y te seguía buscando,
con el necio empeño de encontrar tus huellas,
más allá de donde el horizonte
pierde su línea.

Qué ceguera, de luz ebria de distancias,
saqueó mis días,
mientras mis manos llevaban las uvas
que las tuyas habían vendimiado antes.

Qué ceguera enturbió mis ojos
hasta quemarlos,
hasta dejarlos rebosantes tras su deshielo;
mas esa agua no rebajará el recio sabor de tu vino,
que guía mis labios como las estrellas guían,
año tras año, el reencuentro con la primavera.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: “El matrimonio Arnolfini” (1434), Jan van Eyck. National Gallery, Londres

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viernes, 9 de octubre de 2015

REGRESO

Regreso a casa
acariciando, con yemas dulces,
las espigas 
que la tierra nutre de sol
en la profundidad de su útero.

Regreso a casa:
el gesto cansado,
la piel de una Ariadna dormida
cegando los poros,
y el tiempo 
(ese atleta de infatigables músculos, 
ese rodamiento permanente y elástico)
estrechando el círculo de la memoria
como un grillete de acero,
como una corona de hojalata
—sin gemas ni valor alguno—
ceñida sobre la frente de la náyade Lete.

Tal vez sólo haya transcurrido un segundo,
tal vez, un eón,
mas qué importa,
pues hoy regreso a casa,
 al reino celeste de tus ojos.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "Ariadna" (1898), John William Waterhouse

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sábado, 12 de septiembre de 2015

A ESO DE LA MEDIANOCHE

A eso de la medianoche,
entre las doce y la una,
no extravío zapatitos de cristal
ni afilo caninos
ansiosos de yugulares tiernas,
pues las campanas tocan a rebato
ante un viento alisio
que propaga el fuego de mis sueños,
un ciclón tropical que me sopla ráfagas de susurros,
y me cautiva con su eco colgado de un abismo
que antes sólo escuchaba silencio.

En esa hora precaria de luces
no lamento mi ceguera,
pues alumbra la llama de tu voz
 desvelando auroras boreales
dormidas bajo mis párpados apretados de tinieblas,
y el negro se vuelve azul, verde, amarillo, rojo;
y mi piel se vuelve templo,
santuario para tus manos torcaces,
patria para tus labios de manglar voraz.

A eso de la medianoche
tu aliento florece entre las tupidas selvas,
y soy pantera en la fronda
—acechando el latido de tus vísceras—,
y gacela asustadiza bajo los claros de luna.

En esa hora de sombras zarpa tu buque de guerra
combatiendo, impetuoso,
los embates de mis olas,
calafateando su proa con sal y savia marina,
y enarbolando
—finalmente—
una paz blanca de espuma.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: “Voluptas”, Franz von Lenbach (1836 – 1904)

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jueves, 3 de septiembre de 2015

ADÓNDE

Los astados —con su imponente
fuerza motriz—
han derribado la valla,
han devorado el sembrado.

Del arbusto
que antes crecía con vigor,
queda una raíz desnuda
—descarnada hasta la médula—
contemplando la indigencia de su reflejo
en un charco.

¿Adónde los tiempos felices,
adónde?

¿Adónde aquel amor poderoso
que hincaba mis rodillas
ante la divina llama de su altar?


¿Adónde va el río
que en el mar de mi agitación
halla su delta?

Los toros van y vuelven
—rubios como el ámbar del otoño—,
clavando las pezuñas
en la hierba
jugosa,
a un trote ufano y raudo
que devasta la dehesa.

¿Adónde van los toros,
adónde
las tormentas?

¿Adónde va la luz
cuando la noche
alza el vuelo con sus alas de cuervo?

¿Adónde van mis manos ahora
que están yertas?

(Mayte Dalianegra)

Pintura: “Castaños”, Walter Zuluaga

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domingo, 23 de agosto de 2015

MUJER DE ÉBANO

Mírate, eres espiga de sorgo 
crecida bajo el fuego vertical de la canícula, 
toda tú construida de materia solar,
esculpidos en bronce tu musculatura,
tus tendones y cartílagos.

Eres astro que calienta 
el orbe tropical sobre las copas de los baobabs, 
pecho que amamanta la hierba de la sabana
donde galopa en libertad la cebra 
de piel marcada con barrotes.
Mírate y, como ella, 
desbócate en carrera, abre tu jaula
y despliega unas alas huérfanas 
de amos y señores,
pues eres
una princesa kushita de Meroe,
una faraona del antiguo Egipto,
 una diosa nubia.

Eres la reina de Saba 
y la de África también 
—coronada tu alta frente de selvas 
y de manglares, de estruendosas cataratas,
rodeada tu ancha cadera de dunas 
y de oasis, de sombreados palmerales—,
tus manos son cetros que rigen 
la tierra roja donde medra la mandioca.

Mírate, Oshun, con tus vibrantes cascabeles,
amorosa dueña de las pepitas de oro 
que duermen su sueño dócil en los meandros,
fértil orishá, venus morena,
toda tú África, 
toda tú mujer y diosa y madre 
y rica y pobre.

Mírate, mujer de ébano,
el orgullo de tu estirpe te asiste.

(Mayte Dalianegra)

Dibujo de Sara Golish

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sábado, 1 de agosto de 2015

SUS OJOS ERAN VERDES (silva)

A Alexa Wilding,
 una de las modelos prerrafaelitas
de Rossetti

Sus ojos eran verdes, de marina
calma en un día gris,
fraguaban las pupilas
aquellas ocasiones encantadas
que en el lecho pasara,
tendida sobre hollín,
soñando que él la amaba.

Sus ojos eran verdes, de marina
con un brillo de plata,
los labios de naranja, la sonrisa
perdida en pleamares de utopías,
y atada con un lazo, la melena
cobriza, azafranada.

Su nuca era una perla
nacida en una valva,
¿acaso era Afrodita
o solo era una dama?
Sus ojos eran verdes, de marina,
no creo que importara.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: “Il Ramoscello” (1865), Dante Gabriel Rossetti, Fogg Art Museum, Harvard University, Massachussetts, United States
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lunes, 27 de julio de 2015

LA PRIMERA PIEDRA


Soy como la primera piedra
formada con la sal
que rezumaba un corazón herido.

Fue un grano
de arena que después acrecentó
su morfología confinada entre aristas.
Fue roca menuda y luego montaña,

y eso soy,
no ya promontorio o colina,
no ya cerro,
montaña soy.

Aquí me elevo y, desde mi cumbre
nimbada por los vientos,
ya sólo diviso el sol.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "Valle del molino, Amalfi" (1871), William Stanley Haseltine

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domingo, 12 de julio de 2015

MANIFIESTO


Aun reconociéndome lega
en los horizontes
que el día vislumbra al aflorar,
sé que pertenezco al vulgo
—esas gentes corrientes
cuyos rostros se desdibujan
bajo nombres anónimos.

Les pertenezco de la misma manera
que las estrellas lejanas
pertenecen al firmamento
—esas estrellas que proyectan una luz temblorosa
emitida en un remoto pretérito—. Y al igual que ellas
subordinaron su pálpito embrionario a la noche,
me constituyo
parte de la muchedumbre,
una parte ínfima,
insignificante y prescindible;
modesta como el grano de arena
necesario para conformar las dunas de los desiertos,
y las playas orladas
con la puntilla de espuma de las olas.

Mayte Dalianegra

Pintura de Enrique Florido Bernils
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sábado, 13 de junio de 2015

ASÍ VIVO


Ausente y desdeñosa, de espaldas a la vida,
de frente ante la muerte,
así vivo.

Con los pies heridos por el filo cortante
de un lindero que extingue corduras
y enlaza sinrazones,
envuelta en furiosas llamaradas,
en deflagraciones que rasgan los aromas persistentes
y devuelven al océano las aguas
que en otros días
bebieron con deleite los helechos.

Vivo en ti por las noches,
cuando la luna enciende los festines de lobos,
y los árboles derraman
el caudal taimado de sus sombras
sobre mi carne deseosa y ardiente.

 Vivo, también, confinada
en las lucernas de tus ojos verdes
y en el eco vibrante de tu voz
pronunciando mi nombre
en crisoles de azúcar, mientras destierras
la soledad de mi piel
 manando borbotones de espuma.

(Mayte Dalianegra)

Pintura de Christian Gaillard

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domingo, 24 de mayo de 2015

GUIJARRO A GUIJARRO (soneto en verso blanco)

El río, con su nervio arrollador,
pule cada guijarro con esmero,
y así, como las aguas de ese río,
voy puliendo los mapas de tu piel.

Te recorro lamiendo las heridas,
soy la fiera sumisa a tus blasones
que adquiere voluntad de predadora.
Avanzo con el viento hinchando velas

de un festín de lupino plenilunio,
y así voy caminando con mis labios
los paisajes ignotos de tu cuerpo.

Desconozco mis propias cualidades,
solo sé que lo único valioso
es lo que nos impulsa a caminar.

(Mayte Dalianegra)



Pintura: “Young shaman at the canyon” (Joven chamán en el cañón), 2010,  Brandon Kralik


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jueves, 14 de mayo de 2015

ME LLENAS LA BOCA DE FLORES


Me llenas la boca de flores
cada vez que me besas,
los oídos y las pupilas
cada vez que pronuncias
o escribes mi nombre,
y la piel incluso cuando sientes mi ausencia
y con firmeza trazas en el aire
el perfil de mi rostro,
como si tus yemas fuesen ojos de memoria
fotográfica y supiesen la distancia
que media entre mis sienes.

Me llenas la vida de amor por ella
llevándome abrazada a tu pecho de gorrión
y elevándome en vuelo
por encima de las nubes,
alejándome de las alimañas
hambrientas de hastío
que se agazapan entre los muros
de grises perennes.

Celoso guardián de las tristezas,
las recluyes bajo cerrojos de sol
y disgregas los azules de sus alquimias letales:
a un lado, el mercurio, pesado y mortífero,
que azoga esos tonos
en espejos de escarcha;
al otro, un límpido azul celeste,
un azul de primaveras y veranos
que induzca
a la omisión de otras estaciones,
a que la fugacidad no sea un eje
y el tiempo se dilate en la flor del cerezo.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: “Le chevalier aux fleurs” (El caballero de las flores), 1894, Georges Rochegrosse, Musée d'Orsay, París


domingo, 3 de mayo de 2015

AÑOS Y AÑOS


A Nélida Rodríguez Mayo

Hace años que te fuiste,
años de estrellas apagadas en tus ojos,
de estrellas que ahora son topacios turbios,
años de horizontes difusos, desdibujados,
sangrando su luz violeta
sobre la comisura de una lágrima.
Años de huecos
donde cabe, como un puño menudo,
la memoria de tu risa,
que era un arroyo temprano de primavera
con su tibieza, un ruiseñor
gorjeando en la enramada.

Años que son arrugas de tiempo, pliegues
en la cuenca del aire,
grietas donde el viento asienta un gemido
con forma de silencio.

Hace años que te fuiste,
años que van morigerando mis pesares
relativizados en la cúpula grisácea
de un asterisco en el calendario.
Años de recuerdos desvaídos como los colores
de mi infancia, de lluvias melancólicas
que lavan el trigo
que el sol había forjado con su metal precioso,
de redenciones que siembran el mar
con el fuego que palpita en el crepúsculo.

Años en que mi boca te llama repitiendo tu nombre
en el seco tañido de una campana,
años y años
de ausencias,
de cicatrices que un látigo grabó sobre la niebla.

Años y años embalsamados,
enmascarando el pertinaz efluvio de la nostalgia
con un fragor de cálices y corolas.
Años y años, dulce madre mía,
con tu cuerpo de espigas y uvas
ofrendado a la tierra.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: “Winding the skein” (devanando la madeja), 1878, Frederic Leighton
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viernes, 17 de abril de 2015

TU MANO

Tu mano tañe la guitarra
que conforma mi torso
de hembra rusiente.
Redondas, blancas, negras y corcheas
me vibran ágiles en el talle,
y retumban graves en el tambor
de mi cadera.

¡Ah, la melodía arrebatada al polen!

Tu mano espolea mi grupa
de montura dócil,
de yegua vasalla,
y avanza, en otro hemisferio,
por la tersa vega que aún recuerda
el candor de la doncellez.

¡Ah, las estribaciones
de las cumbres y sus vértices!

Tu mano arrasa mi mansedumbre
de centeno y me incendia los velos,
hasta que una desnudez de nácar
—de luna de porcelana—
bate alas de paloma.

¡Ah, las castas cariátides
púdicamente cubiertas
con sus peplos drapeados, desgastados
por la brisa de los tiempos!
Ellas,
que conocen la eterna carga
del arquitrabe
sedimentada sobre sus nucas,
nunca sabrán del cálido peso de tu cuerpo.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "Libertad y cariátides", Guillermo Muñoz Vera

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viernes, 3 de abril de 2015

¡AY, SEVILLA! (saeta de amor)

 Sevilla, embalsamada de azahares,
en la mañana de un Viernes Santo.

Entro en esas iglesias
que nunca abren sus puertas
en jornadas de labor,
y en los patios florecidos
de los Reales Alcázares,
sueño con los amores leales
del rey Don Pedro y María.
Jalea de abeja, miel dulzona,
azúcar puro fue la menuda cortesana,
la hermosa barragana que el rey amase.
Y canto penas de amores
de la cigarrera Carmen con su amante
militar. Guarecida en un mantón,
su cintura florecía de amapolas escarlata
entre empuñadura y filo.

Sevilla los vio reír, Sevilla los vio llorar.

Ay, Sevilla,
veo tu torre guardiana,
torre de cal y de paja
reflejando oro solar en el río que fue espejo
de otro oro,
el de Tartessos.

Ay, Sevilla,
en este día
de arroz con leche y torrijas,
de moscateles y finos en tabernas de Triana,
de nazarenos cubiertos por capirotes morados,
de cofrades costaleros
extenuados por el peso de los pasos,
ay, Sevilla,
en este día,
ojalá hallara a mi amado,
que no encuentro la almazara
donde él depositase ese amor
aceitunado que me jurara en secreto,
que no encuentro el manantial
donde fluya,
claro y fresco,
el rumor de su palabra.

Sevilla me vio reír, Sevilla me vio llorar.

Arriba,
en el alminar, doy vueltas al giraldillo
 y me imbrico entre las tejas, los bronces
y los ladrillos, y me vuelco entre los vientos
y me diluyo en las lluvias que hostigan
mi emplazamiento.

Ay, amor de mis lamentos —amor enaltecido—
no me des tanto tormento,
que agonizo entre quebrantos
al sentirte vivo, todavía,
en mi recuerdo.

Sevilla me vio reír, Sevilla me vio llorar.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "Desnudo con mantón", Soledad Fernández

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lunes, 23 de marzo de 2015

LA CARAMBOLA


La carambola bosqueja sendas
emplazadas en un nido de águila
despojado por la audacia del cetrero.
Esboza
la fatalidad
o la bienaventuranza,
ocasionalmente cuaja profecías,
y siempre aprehende
estrellas fugaces de veloz augurio,
intimidadas ante la presencia
de un designio que no conoce lo divino.
La carambola respira el vértigo de la semilla.

Mayte Dalianegra

Pintura: “El rapto de Ganimedes” (1650), Eustache Le Sueur, Museo del Louvre, París
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viernes, 20 de marzo de 2015

AZAR

Nunca
tus garras anhelaron
hincarse en mi carne tierna,
ni tu mirada de águila
me tuvo
nunca
por presa.

Presa de amor
tampoco me rendí, nada besó
tus plantas,
como no fueran las hojas del caduco plátano.

No hallaba mi pensamiento
más razón para ansiar
tu compañía, que la compañía misma,
que una amistad de cancela abierta.

Y un día,
un día cualquiera,
con paso decidido,
franqueaste el vano de aquella puerta
y dejaste atrás cartas escritas en el aire,
confidencias hilvanadas
en el cordón umbilical de la confianza.

Te fuiste
sin despedida, con un rictus
de solapada traición soldado
a las comisuras de los labios.

Te fuiste
por azar, aturdido por un espejismo
de ese vasto desierto que es tu vida.
Te fuiste
por la misma carambola
por la que un día,
un día cualquiera
 —esa vez con las maletas
cargadas de algo
parecido a la esperanza—, llegaste a mí.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "El rapto de Ganimedes" (1611-12), Peter Paul Rubens, Palacio Schwarzenberg de Viena

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HAIKU (las huellas)

Los pasos labran
huellas sobre la nieve
blanca y pura.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "Christmas Eve" ("Víspera de Navidad"), John Everett Millais (1829 - 1896)
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viernes, 6 de marzo de 2015

AHORA SOMOS


Acariciaste mi piel en la distancia,
como acaricia la luz la sombra
cuando traspasa el dintel del día,
y acariciaste mi voz en la agonía de la noche,
esa noche en la que no anida astro ni luna,
en la que no hay candil ni bombilla,
en la que sólo estamos tú y yo,
tendidos  sobre un papel en blanco,
sobre un lienzo de huidizo colorido,
imaginando los ojos, las bocas, las manos,
besando las ausencias, ansiando el roce de las pieles,
el tormento de los sentidos, el fragor de la batalla,
percibiendo el salitre y el azúcar
que, encendidos, humectan las ingles,
mascando las horas que, sin sentido, nos separan del abrazo,
del beso, de la cópula.

Y ahora somos la sangre de la tierra
que nutre, en su postrero estertor, el  fulgor lunar,
ahora somos la blanca y seminal espuma de las mareas
que azotan, enfervorecidas, los abismos del planeta.
Ahora somos tú y yo.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "Eva", Frank Cadogan Cowper

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lunes, 2 de marzo de 2015

VOLVERÁS A MÍ

Mis manos, las manos
que te acariciaron tantas veces,
las manos
que tantas veces dibujaron tu contorno
a lo largo de nuestra juventud,
aprietan las ansias de tenerte como entonces.

Yaciendo a tu lado
—durante el duermevela nocturno—,
te sueño
con brasas fundidas
en el crisol de una luz pálida
y limpia,
de una luz
que me restituye
el sol de la alegría
y la esperanza
de que vuelvas
al encuentro de lo que fuimos,
que vuelvas
con la mirada saciada de constelaciones,
con la nuca envanecida por el amor que te rindo,
con la boca fragante
de selvas y de bosques.

Anhelo, intuyo, creo, sé,
que volverás a mí
con la luminiscencia del rayo,
y tus brazos, y tus piernas,
y tus ojos, y tu boca,
se enredarán en mi tronco
de sauce
como unas ávidas hiedras,
succionando mi savia incandescente,
inflamable,
mientras una llamarada incendia
la ternura del beso.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: “Apolo y Dafne” (1908), John William Waterhouse
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sábado, 28 de febrero de 2015

Y SE HIZO EL SILENCIO

Éste es el final,
cantaba Jim Morrison
desde los surcos gastados
de un viejo vinilo.

Éste es el final.

Me echarás a faltar
más de lo que esperas.

Ahora,
entre nuestras ventanas
minadas por la escarcha de un invierno
intensamente frío,
se extiende la vastedad
de un desierto de silencio.

Éste es el final.

(Mayte Dalianegra)

Pintura:"El árabe y su corcel", Jean León Gérôme (1824 - 1904)


viernes, 20 de febrero de 2015

HEMOS VUELTO

Hemos vuelto
para naufragar
enredados en sogas de algas,
para macerar las heridas
en salitre y que el dolor florezca
—orgulloso y punzante—
como una rosa de azafrán irguiendo
las lanzas doradas de sus estambres,
y hurgando con precisión las cicatrices.

Hemos vuelto
a la vida, al momento mismo del nacimiento,
para fenecer instantes después
cubiertos aún por la sangrante placenta.

Hemos vuelto a esto nuestro
para morir —un sucumbir de segundos
a manos de las siniestras agujas del reloj.

(©Mayte Dalianegra)

Pintura: "La rosa de oro",  2007, Donato Giancola

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jueves, 12 de febrero de 2015

SI ESTOY CONTIGO

Si estoy contigo, me sobra
el universo, y me palpitan los vientos sobre las crines
del cielo, y me amanecen los ojos
coagulados de un silencio, que se quiebra
cuando siento el abrazo de tu aliento.

Si estoy contigo, el mar se encrespa
en el infinito oleaje de mis sueños, y recorro
los caminos bosquejados
entre tu boca y mi cuello, y se encienden los suspiros
y el halago lisonjero
que me humedece las sienes,
que me derrama en lo interno, y me acalora,
y me vence
hasta dejarme extenuada
y desnuda en mis adentros.

(Mayte Dalianegra)


Pintura: “La sirena” (1910), Howard Pyle

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HAIKU (el humano)

Abandonado
por dioses, a su suerte,
vuelve el humano.

(Mayte Dalianegra)

Pintura: "The death of the first born" (" La muerte de los primogénitos"), 1812, Sir Lawrence Alma-Tadema.

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